El Soberbio se vistió de celeste y blanco para celebrar el Día de la Escarapela

Con una fuerte impronta comunitaria, la Casa de la Mujer encabezó un emotivo acto que vinculó la historia patria con el desarrollo local y la formación en oficios. El evento sirvió como espacio de encuentro para los vecinos y reforzó el sentido de pertenencia local a través de la distribución del emblema nacional.
18 de Mayo, 2026

La localidad de El Soberbio conmemoró el Día de la Escarapela mediante una jornada patria orientada a revalorizar los símbolos nacionales en el marco de la identidad comunitaria. Las actividades estuvieron encabezadas por la presidenta de la Casa de la Mujer, Marlene Woll, junto a un equipo organizador integrado por la directora de Acción Social, Lic. Daniela Silva; la directora del Área de la Mujer, Niño/a y Adolescente, Susana Batista; la directora de Cultura y Educación, Jalina Haydar; y Jorgelina Besold del GPI.

Respaldo político y articulación educativa

El acto institucional contó con un marcado acompañamiento político y académico. Entre los asistentes destacados se encontraron el intendente local, Ricardo Leiva, y la rectora de la Universidad Popular de Misiones (UPM), Miriam Tkaczuk.

Durante el encuentro, las autoridades hicieron hincapié en la importancia de consolidar estos lazos de unión regional. En ese sentido, la presencia de los mandatarios reafirmó el compromiso de continuar el trabajo articulado entre los municipios y la UPM. Esta alianza sigue siendo un pilar estratégico para acercar talleres formativos, potenciar proyectos productivos y ofrecer capacitación en oficios a los habitantes de la provincia.

La escarapela: de la urgencia del frente de batalla a la identidad actual

Más allá de las formalidades, la jornada invitó a reflexionar sobre la verdadera historia del distintivo patrio. Lejos de la versión romántica que sitúa su origen en una pacífica y mansa jornada lluviosa frente al Cabildo en mayo de 1810, la escarapela nació por una necesidad estricta de supervivencia en el barro de la revolución. En un contexto de extrema tensión, los criollos requerían diferenciarse visualmente de las tropas españolas para evitar el fuego cruzado entre sus propias filas.

Fue Manuel Belgrano quien, en febrero de 1812, formalizó el pedido de un símbolo único para el ejército. El Triunvirato aprobó el uso de los colores celeste y blanco el 18 de febrero de ese mismo año. No se trató de un elemento decorativo, sino de una insignia de guerra y pertenencia. Hoy, más de dos siglos después, ese fragmento de tela trasciende las divisiones del tiempo para seguir uniendo a los argentinos.